Descargo 1


19 de octubre de 2019


Escribo desde una ciudad distinta, desde una ciudad que no es la ciudad gris (aunque para mí apenas y se sentía así). Han pasado casi dos semanas desde que llegué aquí. Las personas con experiencias similares dicen que, con el tiempo, las cosas mejorarán. 

Una prima mía que estuvo en Francia divide su tiempo en París de la siguiente manera: el primer mes de querer retornar a casa, el segundo de adaptarse y el tercero de no querer irse. Hay que señalar, por supuesto, que ella se enamoró en ese proceso y que solo estuvo allí tres meses. Es cierto, por supuesto, que el amor me hace resistir cada día. Hacia algunos años atrás, no me hubiera imaginado la paciencia y la ternura con la que puedo ser querida y con la que puedo querer a una persona. Si no fuera por aquel amor tan bonito, escribiría desde la crisis. 

Son las 9:32 p. m. aquí, son las 3:32 en Margarita y son las 2:32 en casa. Aún, cuando me refiero a Lima, sigo diciendo «aquí». Por supuesto, hay momentos donde (al hablar por mensajes) casi digo ese «aquí» a Palma e, instantáneamente, mi mente me hace borrarlo, como algo casi ideológico, como si decirlo fuera una pequeña traición a eso que me sigo aferrando. Tampoco he cambiado el país de mi celular, así puedo tener la división de horas entre Perú y España. Además, ya es bastante cansino lo de tener las noticias de España en Twitter o que el marco legal de Europa bloquee algunas páginas por derechos de autor. 

Por supuesto, no digo que nada de eso esté bien. Como se darán cuenta, soy un poco mala para adaptarme al cambio. Es necesario, por supuesto. Aquella dosis de independencia lo es. Es parte de madurar. Eso de enfrentarse al mundo sin rueditas de ayuda (o apoyo, no sé cómo se le diga porque nunca aprendí a manejar una bicicleta).

Cuando era niña, me imaginaba yendo a la isla turística más cercana que conocía. Mejor dicho, la única que conocía en aquel entonces. Una de la que mi mamá recibía postales y cartas. Me imaginaba conociendo aquel sitio y comprobando si las fotos que le enviaban eran tan  maravillosas como se veían. Con la crisis venidera a Venezuela, esa fantasía se fue alejando poco a poco, hasta hace casi un año. Por cosas de la vida, he terminado queriendo ir cada vez más a aquella isla. Por supuesto, ahora estoy en otra. Pienso en Palma como una isla de práctica. En que esa sensación de que estar rodeada por agua será conocida cuando vaya a Margarita. Naturalmente, la sensación será diferente y mucho más bonita.

Escucho música mientras escribo. Hacia mucho que no escuchaba nada. No porque no quisiera, sino por mi costumbre de escucharla al estar en algún trayecto. El metro solo dura 13 minutos o menos. No hay tiempo para mucho. 

Extraño muchas cosas, desde cosas tan sencillas como tener el mismo huso horario que mi familia o una hora de diferencia con aquella persona. La comida, ese ritual de cocinar en las noches con mi familia o cocinar algo rápido al mediodía con mi madre. Mis mascotas. Ayer, por ejemplo, sin querer, mientras llevaba mi cena al cuarto, cerré con cuidado la puerta, para que «las gatas no entraran». Me di cuenta al segundo. Por momentos, aún, viene una sensación potente, como unas ganas de llorar de la nada. Estar sola siempre será difícil. Sin embargo, en esos momentos, pienso en el amor de los que amo, de los que se quedaron conmigo. Pienso en los días en que esa persona no durmió porque estaba tan preocupado por mí que estuvo para mí las 24/7. En ese amor que cura y sostiene. En el amor de los míos, que me mienten sobre lo que cocinan para no hacerme añorar la comida. En el abrazo que les daré a todos en algún momento cuando todo esto pase, en Lima y en aquella otra isla. 

A diferencia del post anterior, mejor construido, mejor pensado, mejor todo, esto es más como una lluvia de ideas que cualquier editor decente desecharía. (A menos, claro, que fuera el borrador o el diario de algún/a escritor/a importante, aunque ha sido terapeútico). 

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