429 días



«Eran un millón de pequeños detalles, y al sumarlos todos se veía que estábamos hechos el uno para el otro. Y yo lo supe, lo supe la primera vez. Fue como llegar a casa, solo que a una casa que nunca había visto».
Sleepless in Seattle


Hace exactamente un año, dos meses y tres días, conocí a quien sería una de las personas más importantes de mi vida. ¿Conoces esa sensación de ver a alguien por primera vez, pero sentirte en casa?, ¿como si lo conocieras de toda una vida? Así fue con él desde hace 429 días. Escribo desde un lugar diferente gracias a él. Escribo, ahora mismo, gracias a él. Este no es un intento de disculpa, es más una suerte de descargo, que con suerte podré enseñárselo.

Hace algunos años atrás, soñaba con vivir de la escritura. La realidad, la vida y todo me terminaron por quitar esta práctica. Hace algunos años atrás, no hubiera creído que me enamoraría nuevamente. Hace algunos años atrás, estaba segura de que era imposible que alguien me quisiera bien, con lo bueno y lo malo, que me amara sin tener que ocultar algo sobre mí. Hace algunos años atrás, empecé a temerle al matrimonio. Tenía pesadillas con ello, literalmente.

Hace exactamente un año, dos meses y tres días, todo eso cambió. Hace exactamente un año, un mes y catorce días, empecé a perderle el miedo al compromiso, poco a poco, a partir de ese amor tan puro; es cierto que aún la solemnidad permanece, pero ver las escenas de boda ya no me genera la ansiedad que en su momento me producían antes de ello, al contrario, fantaseas con ese momento, con esa persona esperándote, sonriendo.

Los descargos son eso, descargos. No pueden obrar milagros, solo decir, decirlo todo. ¿Has visto esas declaraciones de las películas? De esas donde hay un discurso maravilloso, donde cada palabra es un conjunto de una hermosa canción. Donde, incluso, suena una de tus composiciones favoritas, esa que siempre piensas: «El día que me case, la usaré, sin importar lo cliché que sea» (con todo y Primera de Corintios). He tenido una hoy. He tenido una hoy.

¿Sabes que hay un momento donde te das cuenta de que eres una persona adulta?, ¿de verdad una persona adulta? Es ese momento en el que la persona que amas desde hace un año, dos meses y tres días se arrodilla con el anillo más bonito del mundo. No es el viajar a otro país, no es el llegar de noche a la casa o hacer cosas de grandes, es eso. Esto es ser adulto. Esa sacudida de algunos momentos, de darte cuenta de que, por mucho que pienses que todavía eres joven, en realidad tus padres tenían casi tu edad cuando se comprometieron. Y te das cuenta. Te das cuenta de que el último año, dos meses y tres días ha sido todo un camino para eso. Ha sido, como dice el epígrafe, llegar al hogar. He repetido la escena una y mil veces, y cada vez pienso más en lo hermosa que fue.

Desde la frustración por no reaccionar del modo adecuado, me he limitado a ver películas de amor. Ahora mismo, escucho el canon de Pachelbel (bueno, la versión más conocida que es medio de Pachelbel y medio de Jean-François Paillard para ser exacta). Y sí, escribo ahora. Escribo porque en el último año, dos meses y tres días, la vida no me ha dado mucho tiempo, pero sí me ha dado inspiración. Ahora mismo, escribo por ti. Escribo porque quiero que seas mi literatura. Mi literatura. Porque había perdido el camino hacia ella hasta que apareciste. Y escribo desde una ciudad que no es la ciudad de la garúa ni su isla preciosa. No puedo pedir que vuelva a pedirme matrimonio, no puedo retroceder el tiempo y reaccionar mejor. Pensar en todos los modos de mejorarlo no mejora nada. Solo puedo descargarme (en el buen sentido). Si es que llego a ser lo suficientemente valiente para pasarle esto, quiero que tenga claro que quiero que sea mi literatura hoy y cada día. En los últimos meses, me he pasado diciendo que quiero ser la suya, y, considerando mi poca escritura, temía decírselo y que no sonara tan profundo, pero era lo opuesto, eres mi literatura. Porque lo ha sido. Cada paso lo he dado por usted. Cada palabra la he escrito por usted.

Y quiero que se quede siempre, mi neo-Borges, en lo próspero y en lo adverso, en lo cínico y en lo inocente, en lo gracioso y en lo trágico. Y en todas esas cosas que no siempre se dicen en los discursos bonitos, pero que precisamente hacen que sean más reales.

Suya desde hace un año, dos meses y tres días,

Laura María*


*(ojalá la broma interna funcione)
  

Comentarios

Entradas populares